• Muestra

Devuélveme el corazón


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Joss Caminaba hacia la salida; me sentía sola, vacía... la Joss verdadera, la que nadie conoce, es muy diferente de la que dejo ver. Ante los ojos de la gente soy la exitosa actriz que lo tiene todo: superación, glamur, viajes, automóviles importados, premios, una vida de ensueño... hija de la estrella del rock Pete Burns, famosa a través de su banda antes de ser conocida; desde niña me moví en los escenarios y, por simpatía, los fans de mi padre me adoraban desde ese entonces; sin embargo, en la vida real sólo soy una mujer que odia la soledad en la que vive, y que está harta de disimular. Mis amigas ni siquiera se habían enterado de que me marchaba del nightclub. Me habían visto alejarme hacia la planta superior en compañía de un adonis a quien le permití pagarme una copa y desaparecí; ojos celestes, porte de mariscal de campo, ropa de diseñador, reloj de lujo... un buen candidato para cualquiera, pero cuando dijo dos palabras me di cuenta de que su cerebro estaba hueco y que lo único que le interesaba era tener una foto junto a mí para pavonearse en su círculo social. En ese momento estaba segura de que Poppy y Chiara creían que me había ido con él; la verdad es que ellas pensaban que yo vivía mi vida sin inhibiciones, y que siempre pasaba la noche acompañada por algún espécimen masculino que adoraba mi cuerpo de punta a punta; no obstante, no era así... hacía meses que no estaba con alguien, pues estaba harta del vacío que me dejaban las relaciones de una noche que podía conseguir. El sonido de mi móvil logró sustraerme de mis pensamientos; miré la pantalla, pero no deseaba hablar con mi agente; no quería que supiera dónde estaba, ni tampoco que me sermoneara por haber bebido ya mi quinto Nicolashka.* Preferí arriesgarme a que contactara con mi padre al no dar conmigo, y que él también empezara a llamarme. Por lo tanto, lo ignoré, tiré el móvil dentro de mi bolso y continué avanzando hacia la salida; necesitaba tomar aire, creo que los cócteles me habían mareado un poco, sólo un poco, ya que cada vez era más asombrosa la resistencia que mi cuerpo tenía al alcohol. Cuando salí, noté que había estado lloviendo; las calles estaban mojadas y tuve que esquivar algunos charcos para evitar arruinar mis Giuseppe Zanotti. Caminé en la fría noche neoyorquina en busca de un taxi, rogando mientras lo hacía que nadie me reconociera, no quería detenerme por nada. El fuerte sonido de unas voces logró distraerme, dos mujeres discutían; al parecer, la morena le había quitado el novio a la pelirroja. Me reí sin ganas... estúpidas, peleaban por una mierda de tipo y no se daban cuenta de que el que no valía la pena era él. Cuando estaba a punto de cruzar, el claxon de un vehículo que pasaba en aquel momento me sobresaltó, y mi instinto de conservación me hizo retroceder; di marcha atrás al percatarme de que no tenía paso para avanzar. Joder, casi termino bajo las ruedas de aquel coche. Lo peor de todo fue que acabé empapada, ya que me había salpicado de cabo a rabo. ¡Mierda de noche!, mi pelo estaba lleno de lodo, mi ropa arruinada y mis zapatos también; quería matar al imbécil que me había mojado. El vehículo se detuvo y luego fue marcha atrás; al llegar a mi altura, el cristal de la ventanilla bajó y, sin pensarlo, le lancé un improperio al conductor, pateé su puerta y le arrojé mi clutch por la cabeza. —Idiota, ¿por qué no te fijas por dónde vas? ¡No puedes pasar a esa velocidad por una bocacalle! —La idiota eres tú, ¿por qué no miras los semáforos? Yo tenía paso. —¿Tú? —dijimos ambos al reconocernos. Rápidamente él descendió del vehículo, se acercó a mí y me agarró por el codo. Lo miraba sin reaccionar, lo miraba... lo miraba... eso mismo me había pasado en el Palace cuando, más temprano, se me había acercado. Medía fácilmente más de un metro ochenta y llevaba el cabello, castaño claro, elegantemente, corto en la nuca y más largo en la parte superior. Su nariz era recta y sus labios se veían pecaminosamente llenos. En sus mejillas se podía ver una pizca de barba, que tentaba a tocarlo para saber cómo se sentiría ese contacto en otras partes. Indudablemente, con sólo un vistazo, no cabía duda de que era imposible pasar de él, pues no sólo parecía uno de esos modelos inaccesibles de las páginas de una revista de moda, sino que, además, su presencia destacaba por encima del resto de los demás hombres. Miré alrededor y percibí que algunas mujeres que pasaban por allí le echaron una o dos miradas. Era guapísimo. Nunca un hombre me había dejado sin palabras, pero éste era la segunda vez que lo lograba a lo largo de la noche y, para colmo, era un bastardo arrogante que creía que podía tener lo que le diera la gana y desecharlo cuando él quisiera. —¿Estás bien? —Sí. Lo lamento, he cruzado distraída. Intenté que los dientes dejaran de castañetearme, pero no lo conseguí; estaba empapada y hacía demasiado frío. —¿Siempre atraviesas así la calle? El bastardo arrogante se estaba burlando de mí. Me miró con una media sonrisa, estudiando mi deplorable estado, estado en el que me encontraba por su culpa. —Me he disculpado. —Cogió mi pelo embarrado entre sus dedos y se rio por lo bajo; seguía mofándose y yo estaba por clavarle un tacón de mis Zanotti en el pie. —Sube, estás temblando. Abrió la puerta del lado del copiloto y me invitó a entrar sosteniéndome de la cintura. —No —dije preservándome de él. Por más nublada que estuviera mi mente por el alcohol, sabía que no era una buena idea montar en su coche; lo sabía de la misma forma que lo había sabido en el Palace, cuando rechacé su oferta de ir a otro lado con él. —No soy el lobo que se come a Caperucita, y tú no pareces ser la niña perdida en el bosque; creo que has bebido de más. —¡Qué gracioso!, eres un gran cínico. Y, para tu información, no estoy borracha. —Lo sé. —¿Qué sabes? —Que soy un cínico. —Y un engreído. —También lo sé. Sube. —Cogeré un taxi, no necesito de tu caridad. Se estiró para coger mi clutch y entregármelo. —Como quieras. Nos miramos y me perdí en el color verde de sus ojos y examiné más de la cuenta los tintes marrones que los hacían parecer más pícaros. Apretó la mandíbula frunciendo el ceño; estaba estudiándome en silencio. En aquel instante el viento arremolinó su lacio cabello, y quise extender una mano y quitarlo de su rostro, para continuar apreciándolo sin ningún impedimento. «¿Qué me pasa? Jamás ningún hombre me ha sumido en este estado de estupidez. Vamos, Joss, sé práctica como siempre; lo tomas o lo dejas, sirve o se hace a un lado.» Maverick servía, sí, para follarlo hasta dejarlo inconsciente. No, pensar eso era un craso error... estaba segura de que era al revés: ese hombre no se parecía a los que solía conseguir para saciar mi libido; estaba convencida de que a él le gustaba estar arriba y no debajo de una mujer, y por tal motivo no era mi tipo, así que me dije «deja de mirarlo y márchate. Éste es peligroso, es de los folladores que destrozan corazones, es de la clase de hombre que te lo quitan y no te lo devuelven, es el claro ejemplo de aquellos de los que siempre te has protegido —pensar en subirme a su coche era una verdadera locura—, vete de una vez». Me insté a rechazarlo, escuchando a esa vocecilla que me advertía y a la que estaba a punto de no ignorar. «Él es de los que toman y usan, no de los que se dejan usar. No permitas que nadie destroce tu corazón. Pete no te lo perdonaría nunca, él te crio de forma tal que a ti no te suceda lo que a él le hizo tu madre.» —Adiós. Maverick no me contestó, simplemente bajó la cabeza y continuó sonriendo de esa manera tan presumida que tenía de hacerlo. Crucé la calle tentada de mirar hacia atrás; aún podía sentir su mirada penetrante, estaba segura de que me estaba mirando, así que me contoneé agitando mis caderas con intención. Me paré en la acera de enfrente y, cuando miré hacia el lugar donde él había aparcado, vi que ya no estaba. Cerré mi abrigo, ¡maldición!, estaba tan mojada que no podía dejar de temblar. Sorprendiéndome, un Tesla Model S, gris, estacionó junto al bordillo; era Maverick de nuevo, que había dado la vuelta. Abrió la puerta sin bajar del automóvil y me indicó, dominante: —Sube, no seas terca; cogerás una pulmonía, estás empapada. —Su voz era imperativa—. Venga, o bajo y te meto a la fuerza. Me dio pena ensuciar los níveos tapizados; creo que él notó mi indecisión. —Se limpian, entra. Sin emitir palabra, subí; la noche estaba helada y el frío me estaba entumeciendo hasta los huesos. Dentro ya del coche, vi cómo puso la calefacción al máximo y pude relajarme. —Bien —dijo con brusquedad, acercándose a mi oído para hacerlo y luego alejarse; su aliento me estremeció y percibí que estaba temblando ligeramente—, princesa Nine —hacía demasiado tiempo que nadie me llamaba así, se suponía que ese nombre lo usaban cuando sólo era la hija de Pete Burns, el zar del rock, el líder vocalista de The Nine—, ¿dónde te llevo? Me sonrió y creo que mostré una mirada totalmente estúpida en la cara, incluso me parece que olvidé respirar, pero entonces me di cuenta de ello e intenté poner remedio a mi estado de inconsciencia, ya que no era posible que, con sólo unas pocas palabras susurradas, Maverick me dejase como la idiota del pueblo. No me gustaban los juegos, a menos que fuera yo la que los dirigía, así que recompuse mi voz y mi postura y le contesté con arrebato, aclarándole: —Me llamo Joss, o Josephine si lo prefieres. —No me quedo con ninguno de esos dos nombres. Te llamaré... —me miró entrecerrando los ojos— Jo; sí, para mí serás Jo... es más corto, cuesta menos esfuerzo, menos letras que memorizar. —Me hizo un rápido guiño y luego volvió su vista al frente. «Es un idiota, “dos letras para memorizar”»; pensé que seguramente lo hacía para no confundirse con el nombre de alguna otra. —Llévame al 1110 de Park Avenue —solté en un tono áspero y nada amable. —Por favor... gracias... —Se hizo un silencio y luego añadió—: Parece que Pete se saltó la clase de buenos modales, o sólo se trata de que eres una mal educada. —Olvido mis buenos modales cuando me obligan a hacer algo que no deseo. «Bien, Joss, así es cómo debes hablarle; deja de babear y demuéstrale que su cara bonita no te intimida.» Su risa regurgitó en su garganta; intentó reprimirla, pero no pudo. —¿Por qué estás tan cabreada? ¿Te llevo a tu casa desinteresadamente y ésa es la forma en que me lo agradeces? —¿Agradecértelo? ¿Por qué habría de hacerlo, si me has ordenado que subiera bajo amenaza de que, en caso contrario, me harías subir al coche a la fuerza? ¿O tal vez quieres que te agradezca que me hayas embarrado de pies a cabeza? —Podría haberte pasado por encima, ahora mismo podrían estar levantando tu cuerpo en una camilla, y no ha sido culpa mía. Has tenido suerte de que condujera este coche. Tras tocar algo en el volante, de pronto lo soltó y se ladeó para mirarme de frente. —¿Qué haces? ¡Vamos a matarnos! —Intenté coger el volante, pero entonces soltó una risa estridente. —Tranquila, es un coche inteligente, y está en piloto automático. —No sé si esto es muy seguro. ¡Dios, no me fio!, mejor conduce con normalidad, tengo el corazón en la garganta y... deja de burlarte de mí. Sé perfectamente que el grado de autonomía de conducción es limitado en ese modo. Permanecimos en silencio, y me quedé reflexionando; él tenía razón, yo tenía toda la culpa por cruzar sin mirar, por distraerme... pero no podía admitir que mi enojo era por estar sentada a su lado; sencillamente no podía aceptar que ese hombre me había gustado demasiado desde el primer momento en que se me acercó en el Palace, con una copa en la mano, donde entablamos conversación junto a sus amigos y mis amigas unas horas antes. Su presencia me desequilibraba; su olor a colonia fresca con dejes frutales amaderados me cautivaba; su seguridad, su porte, su rostro perfecto, sus manos... ¡Joder, jamás había mirado las manos de nadie, pero las suyas las había imaginado aferradas a mis caderas! Una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo, y sentí la sangre corriendo densa por mis venas; mi entrepierna me dolió furiosa por sentir así. Mis pensamientos habían desencadenado un flujo de necesidad. Maverick me excitaba, despertaba mis bajos instintos; quería ser follada por él como jamás había querido ser follada antes por nadie. Para mí los hombres no eran objeto de deseo, yo era el suyo, pero, con él, era diferente. Lo admiré mientras estaba concentrado en el camino... su mandíbula se revelaba fuerte y quise definir su contorno con mis dedos; sus rasgos eran demasiado varoniles, sus mullidos labios se veían tentadoramente besables, quería morderlos. Sabía que no era una buena idea todo lo que estaba fantaseando y por eso transformaba mi frustración en enojo. El hecho de que me hubiera empapado resultaba una muy buena excusa para disfrazar mi necesidad de él. —Tienes razón, normalmente no soy tan antipática, pero... —Te ves preciosa de todas formas —pasó su dedo por mi rostro—, aun con todo ese barro en la cara. Bajé el parasol y me miré en el espejito que allí había. ¡Dios, estaba hecha un completo desastre! —¿Se te ha pasado el frío? —Sí, gracias. Mi teléfono empezó a sonar en mi bolso, con un hit de los ochenta de The Nine. —Joder. —¿Qué ocurre? —Nada, sólo que es mi padre el que está llamando y no tengo ganas de hablar con él. —No contestes. —Eso no es posible cuando eres la hija de Pete Burns. Cogería el jet privado de la banda y de madrugada lo tendría en mi casa, vete tú a saber en qué estado y acompañado por Dios sabe quién. Maverick se me quedó mirando durante unos segundos y luego se volvió a concentrar en la calzada. —No es un secreto su problema de adicciones —añadí sin vergüenza. ¿Quién no sabía las veces que mi padre había tenido que internarse para desintoxicar su organismo? —Creía que eso estaba superado. —No. Cuando está de gira, y ahora lo está, su nueva adicción son los calmantes para soportar los dolores de las actuaciones debidas al estrés y al cansancio. Está mayor, pero... él sigue creyendo que es el gran zar del rock. —Lo sigue siendo —me retrucó convencido. Me dio la sensación de que era otro fan de mi padre, y no me extrañó; todo el mundo lo adoraba y no querían verlo retirado. —Sí, lo sigue siendo —yo también lo admiraba, no podía negarlo—, pero, cuando eres su hija, sólo deseas que de una vez por todas comprenda que es hora de parar con los excesos. —Cualquiera diría que odias el mundo del espectáculo; sin embargo, eres actriz. Me encogí de hombros y luego le contesté. —Las luces, los escenarios, el tumulto de gente, los gritos, los flashes... son la vida que conozco desde que tengo uso de razón. Mi voz es horrible, la odio, así que jamás pensé en dedicarme a cantar. Siempre fui pésima en el colegio, así que me decanté por una carrera que tuviera que ver con las artes. Algo tenía que hacer, estaba harta de ser la hija de... »Mi padre y mis tíos, me refiero a los integrantes de la banda, que, aunque no son mis tíos de sangre, así los siento, siempre dijeron que mi rostro y mi cuerpo serían mi puerta a donde quisiera llegar, así que un día me cansé de ser la hija de... y le pedí a mi padre que me pagase clases de teatro. No quería valerme sólo de mi cara y mi anatomía, y al parecer soy buena en eso... Fui a la Academia de Cine de Nueva York; cursé una licenciatura en Bellas Artes de tres años, en cine, actuación y producción, y también realicé la Maestría en Cine y Medios de Producción, en el campus de la Academia, en Los Ángeles. Maverick asintió con la cabeza, pero no dijo nada. —¿Crees que no soy buena? —No he dicho eso, en realidad no he dicho nada. —Nos quedamos en silencio —. El caso es que la gente, a menudo, cree que ser la hija de Pete es lo que te abrió las puertas de tu profesión; siento haberlo creído también, y me disculpo por ignorar que te habías preparado para hacer lo que haces. Maverick No podía decirle que no había visto ninguna de sus películas y que, sin embargo, había babeado con su rostro y me había masturbado mirando su cuerpo tanto en el reportaje protagonizado por ella publicado en Esquire como en los vídeos del backstage del mismo. No podía quedar como un puñetero idiota. —Hemos llegado. —Estacioné al lado del bordillo y la miré sin creerme lo hermosa que se veía incluso con todo el pelo embadurnado de barro—. Aquí es donde te digo que esperes, me bajo y te abro la puerta y luego te acompaño hasta la entrada de tu apartamento y me despido. —No es necesario que seas tan caballeroso; gracias de todas formas por traerme. Cuando estaba a punto de apearse del vehículo, la cogí por la muñeca, hice un rápido movimiento desabrochándome el cinturón y, entonces, enredé mis dedos en su pelo. ¡Mierda!, no iba a dejarla ir, no otra vez, sencillamente no iba a permitir que me evitara de nuevo como lo había hecho en el Palace; sabía perfectamente lo mucho que me deseaba, así que no iba a dejarla evitarme otra vez. Me apoderé de su boca, de esa maldita boca que me había vuelto loco toda la noche y que invadió mis pensamientos aun tras haberme tirado a una rubia de ensueño en el nightclub de Spencer. Sin poder contenerme, la mordí. —¿Subimos o prefieres que vayamos a mi casa? —Yo subo, tú —apoyó su dedo índice en mi pecho— te vas a tu apartamento. Volví a besarla; esta vez lamí sus labios y ella no intentó apartarse, lo que me dio la clara pauta de que le gustaba lo que estaba ocurriendo. Luego intenté meter mi lengua en su boca; al principio se resistió, incluso intentó apartarme con las manos, empujándome por el pecho... ¡Dios, ansiaba que tocara mi piel! Ella parecía que también lo deseaba, porque tras empujarme me acarició por encima de la camisa, palpó mis pectorales y, cuando lo hizo, los tensé; a las mujeres les gustaba que hiciera eso y estaba seguro de que ella no sería la excepción. Por supuesto que no... Jo abrió la boca y me dejó tocar su lengua con la mía. Joder, su lengua era perfecta, mullida, húmeda, caliente, y ya estaba imaginándola alrededor de mi polla, lamiendo de ida y vuelta, y rodeando mi glande, para juntar mi esperma. Desenfrenado por mis pensamientos, enredé con más ahínco la mía a la suya y la introduje un poco más en su boca, apreciando que el bulto bajo mi cremallera ya había crecido demasiado. «Nena, creo que te enseñaré cómo me tienes.» Cogí su mano, la que tenía apoyada en mi pecho, y la llevé a mi bragueta, sintiéndome un poco perverso. Primero se resistió como con el beso, pero después aflojó su mano, dejándome que la guiará. —Espera —dijo de pronto—, no quiero hacer esto. Le ofrecí una sonrisa sexy, y la volví a apretar contra mi pecho al tiempo que de nuevo me apoderaba de su boca; hurgué en ella nuevamente hasta que noté cómo, poco a poco, empezaba a ceder. Levantó sus manos y las enredó en mi pelo. Necesitando tomar una bocanada de aire, abandoné su boca y descansé mi frente en la suya. —Jo, quieres esto tanto como yo. ¿Subimos? Se apartó de mí y quiso abrir la puerta, pero estaba con el seguro puesto, así que quité las llaves del contacto y la destrabé. Listo para bajarme también, lo hice y di la vuelta, alcanzándola; entrelacé mi mano a la suya y el conserje, tras reconocerla, nos abrió. Aquel hombre contuvo la risa al verla embarrada como estaba. Me pasé la mano por la frente y luego me cogí el puente de la nariz; no quería carcajearme; en realidad, no quería arruinar el momento que se había creado en mi coche. —Buenas noches, señorita Burns. —Buenas noches, Manning. Subimos hasta el ático, en el piso decimocuarto. —Necesito darme una ducha, así que subiré al dormitorio. Ahí tienes bebidas, sírvete lo que quieras. —Aguarda —la cogí de la muñeca con una mano, para evitar que se apartara de mí, enredé los dedos de la otra en los cabellos de su nuca y la aplasté contra mi cuerpo. —Voy a ensuciarte, estoy hecha un verdadero desastre. —Así tendré una excusa para ducharme contigo y asearte —mordisqueé sus labios—; quiero asearte, no quiero un trago. Sentí sus labios suaves cuando tocaron los míos; la besé lentamente, y nuestros chupetones retumbando en la amplia sala. No deseaba que se enfriara el ambiente de intimidad que habíamos vivido poco antes en mi automóvil. —¿Quieres sexo en la ducha? —me preguntó sin aliento. —Podemos empezar ahí, no me parece mal. Apoyé mi pelvis contra su cadera mientras volvía a apoderarme de su boca; introduje mi lengua ávidamente y ella se aferró a los bajos de mi espalda. Era ardiente, su boca era ensoñadora... podía imaginar sólo con un beso lo que podía hacerme sentir con su lengua en mi... La puerta principal se abrió de golpe, interrumpiendo mis pensamientos, y, como una turba del lejano Oeste, los integrantes de The Nine entraron en la sala acompañados por otra docena de personas, que gritaban, cantaban, bebían del morro de las botellas y fumaban hierba. —¡Joder! Pete, no puedes irrumpir así en mi casa —le gritó Jo a su padre en cuanto lo vio. Pete Burns nos miró y se paró con actitud desafiante en medio de la sala; los demás se detuvieron al ver que él lo hacía. —¿Quién coño eres, chico? Aparta tus manos de mi princesa y deja de apoyarle tu dura polla, ¡joder! Cabrón hijo de puta, te quieres follar a mi niña. —¡¡Pete!! —le gritó a su padre otra vez, al tiempo que me apartaba de ella, espantado al ver que todos los integrantes de la banda se abalanzan sobre mí. Jo se puso delante de mí, como si fuera mi escudo, y mi polla no pareció haberse enterado de que debía tranquilizarse, así que me cubrí con las manos. Mi bulto en el pantalón era asombroso; sí, tenía un buen tamaño de pene y estaba orgulloso de ello, pero ése no era el momento para hacerlo—. ¿Qué diantres te crees que haces? Ésta es mi casa. —Es mi casa, cariño, yo la pagué. Tú vives aquí, pero es mía, y si no llego a venir a tiempo, éste... ¿Quién mierda es éste? —Sí, ¿quién mierda eres, idiota? —preguntó, amenazante como todo el resto de ellos, uno los componentes de The Nine. —Papá, me estás avergonzando. Y, además, eres el menos indicado para preguntar quién es él, yo no he preguntado quién es la zorra que cuelga de tu cuello, que por lo visto tiene menos edad que yo. Sólo espero que sea mayor de edad y no te estés metiendo en un problema, porque sinceramente sólo te falta eso. —¿Estás sermoneándome? —Saca ahora mismo a todas estas personas de mi casa, no quiero a todos estos groupies aquí. —Cariño, estábamos de fiesta y me he preocupado por ti. —Soy mayor de edad, papá, ¡¿cuándo lo entenderás?! Sé cuidarme sola y por lo visto mejor que tú. Estás bebido. —Nos iremos a la terraza; la próxima vez contesta las llamadas de John si no quieres que venga aquí a comprobar cómo estás. »Y tú —me apoyó un dedo en el pecho—, vete ya mismo de aquí, aparta tus manos de mi hija. —Señor, permítame presentarme. Le tendí la mano, intentando que no me temblara; esos hombres tenían un aspecto verdaderamente intimidante, con sus largas melenas, los ojos pintados y vestidos por completo de cuero; olían a alcohol, a mucho alcohol, pero, a pesar de su amenazadora presencia, no todos los días se conocía a The Nine, y yo estaba allí, frente a ellos, frente al zar del rock, y eso resultaba alucinante. —Mi nombre es Maverick. Todos comenzaron a reír, nunca me había sentido tan estúpido en mi vida; mi mano continuaba tendida. —Ven aquí, muchacho, borra esa cara de miedo. Bebe con nosotros y únete a la fiesta. —¡Papá! Pete Burns me agarró por el cuello para llevarme con ellos... Miré a Jo; estaba roja de ira, pero yo entendí que no tenía otra opción más que seguirlos.

* Nicolashka: cóctel de origen ruso, compuesto por dos chupitos de vodka, café en polvo, limón y azúcar.


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Buenos Aires- Argentina

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