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Jamás imaginé...


Lee en exclusiva, el primer capítulo de la novela que llega el

4 de Julio de 2017

Uno

Luka

Como de costumbre, estaba desbordado de trabajo, así que ésa no era excusa para que a último momento llamara para cancelarlo; además, últimamente lo había hecho tanto que ya no tenía cara para repetirlo.

Habíamos quedado en encontrarnos en Troubleʼs Trust, en el hotel Palace, por lo que, al salir de la empresa, me fui directo al bar, pues sabía que, si pasaba por casa a cambiarme, desistiría de salir.

Y allí estaba, sintiéndome fuera de lugar, ya que hacía tiempo que había dejado ese estilo de vida. Por eso, de pronto, todo lo que antes era normal para mí, en ese momento me parecía extraño; mis amigos, en la barra, iban por la segunda ronda cuando yo aún no había terminado la primera. Creo que no encajaba en ese contexto o, tal vez, ellos ya no encajaban en el mío.

Mientras bebía de mi copa, no pude dejar de pensar y me sentí culpable por haberla dejado, por estar allí intentando divertirme de otra forma que no fuera con ella. Pero cuando Spencer me llamó esa tarde, me cameló, y eso fue lo que acabó de convencerme.

Como ya dije anteriormente, hacía cinco años que mi vida había dado un giro radical, y en ese momento tenía que agradecerle a mi padre que me hubiese obligado a tomar las riendas de la empresa, porque, cuando ella llegó, yo estaba preparado para que se convirtiera en todo mi mundo.

Sin embargo, era cierto que necesitaba relacionarme, salir, vivir mi vida como hombre, pues iba de casa al trabajo y del trabajo a casa. Mis desahogos no me faltaban cuando quería follar, pero no eran la prioridad en mi día a día, pues los problemas en la compañía cada vez eran más agobiantes... pero realmente necesitaba algo más de lo que tenía o de lo que a menudo yo mismo me brindaba. ¡Joder, necesitaba un buen coño caliente, suave y fragante en el que enterrarme y volver a ser yo, Luka Bandini, el hombre al que conseguir una conquista le era tan fácil como respirar!

Mis amigos estaban sentados junto a mí, en la barra, y sabía que sus radares estaban en alerta máxima cuando cuatro seductoras chicas se acercaron; al parecer, estaban solas como nosotros.

Maverick, transcurridos unos minutos, hizo su lanzamiento y quiso anotar un strike; yo miré a las mujeres que él estaba encarando y, antes de moverme, me acerqué a Spencer y Drake y les dije:

—La morena del vestido color vino que está de espaldas es mía.

Hice el anuncio y me dirigí hacia ella; no me hizo falta verla de frente, no era necesario para lo que quería conseguir. Con ver su trasero enfundado en esa sexy y ajustada prenda, tuve bastante, pues lo demás era irrelevante.

Me acerqué confiado por detrás; siempre había sido bueno ligando y, aunque estuviera un poco alejado de las conquistas ocasionales, aún recordaba muy bien cómo hacerlo. Una ráfaga invadió mis fosas nasales; su perfume era un aroma embriagador y lujoso, olía a vainilla mezclada con melocotón, y en seguida me imaginé enterrado en su cuello mientras bombeaba sin piedad su coño apretando mi pene. Por supuesto que mi entrepierna hizo acuse de recibo, y palpitó con su cercanía; incluso estuvo lista antes de que yo pudiera expresar una palabra.

—¿Puedo invitarte a una copa?

La desconocida se estremeció con el calor de mi aliento, ya que, empleando todos mis encantos, hablé muy de cerca contra su fino y largo cuello, utilizando mi voz más seductora, esa que sabía que les gustaba a las mujeres oír. Sus amigas me miraron de soslayo y lanzaron una risita; me examinaron sin disimulo y creo que, en cierto modo, le estaban dando su aprobación. Incluso reconocí a una de ellas, era una actriz muy famosa, pero no le presté atención, ya que estaba con toda su intención puesta en Maverick. Sin darse la vuelta, la curvilínea mujer de vestido ajustado me contestó.

—No acostumbro a aceptar favores de desconocidos y, además, ya me he pedido un New York Deli, muchas gracias.

Intentó suavizar la dureza de sus palabras con el agradecimiento, pero la verdad fue que su negativa redobló mi apuesta.

—Pues, si me dieras la oportunidad, podríamos muy pronto dejar de ser desconocidos.

La morena, lentamente, se dio media vuelta para enfrentarme.

—¿Tú? —exclamamos al unísono sin poder disimular la sorpresa.

De fondo sonaba Chandelier;[1] la música estaba a un volumen adecuado y nos podíamos oír a la perfección; sin embargo, no pude contenerme y elevé el tono de mi voz.

—Olvida todo lo que te he dicho, no me interesa conocerte. —Sabía que había sonado muy apático; por lo general no solía perder con tanta facilidad la compostura, pero verla lo había conseguido en un segundo.

—Pues, a mí, mucho menos.

—Sé muy bien quién eres y, lo que es peor, que eres una loca fanática.

—Y tú, un asesino al volante.

—Eso no es cierto. Me arrojaste un bote de pintura en el parabrisas y eso hizo que quitara el pie del freno; tú y tus compañeros parecíais querer lincharme.

La susodicha era una activista perteneciente a un movimiento ecologista, y había encabezado una protesta contra mi empresa a las puertas del Bandini Heart. Ese día estaba descentrado y le

había pedido a Aos, mi chófer y guardaespaldas, que me trajera el coche; cuando estaba así, conducir sin rumbo siempre me tranquilizaba. No obstante, aquella vez el caos que era mi vida se había transformado en más caos todavía.

—Sólo queríamos ser escuchados.

—Ésa no era la forma; hubierais podido pedirle una cita a mi secretaria y nos podríamos haber sentado a hablar con cordura y civismo.

—¡Ja!, cita. ¿Estás de broma, supongo?

—Por supuesto que no.

—Pues fíjate que yo creo que sí, porque estamos cansados de enviar informes a tu compañía con nuestras reclamaciones, y nunca hemos obtenido una respuesta. Healthy life es un movimiento muy serio, que apoya la vida sana y la preservación de nuestro ecosistema; si te hubieras preocupado de leer los informes, lo sabrías.

—¿Informes? A mí no me ha llegado ninguno.

—Tu empresa es contaminante y lo hemos comprobado con estudios de impacto ambiental.

—Eso es imposible. Nuestros ingenieros ambientales realizan estudios con periodicidad y todo está en regla. En Renewables Bandini no se hace nada que dañe el ecosistema, tampoco en Bandini Group.

—Veo que te tienes el discursillo muy bien aprendido, porque eso no es verdad.

—No eres más que una activista delirante que sólo quiere meterme miedo, vete tú a saber con qué fin.

—Joder... mira, te diré que mi título me lo he ganado con mucho esfuerzo, amo lo que hago, y los estudios ambientales los he dirigido personalmente; para tu información, soy ingeniera ambiental.

—Entiendo... una desempleada que busca salir en la prensa a través de nosotros y, así, conseguir un puesto de trabajo —le espeté para mosquearla un poco más.

—Imbécil, ya tengo un trabajo, y si participo en la causa ecologista es por convicción. Amo mi planeta, amo la Tierra, y la defiendo de gente ambiciosa como tú, a la que no le importa destruirla. Y deberías saber que no necesito tu nombre para subsistir; es más, si algo deseo es no mezclarme con tu asqueroso apellido.

La miré a los ojos... y me perdí en el color avellana, que echaba chispazos dorados. De repente mi vista vagó por su fino y largo cuello, que estaba rodeado por un bordado en el escote halter de su vestido; luego, sin disimulo, no sé por qué diantres, continué escaneándola con desparpajo. Sus pechos resaltaban, exuberantes, bajo la tela, y me imaginé sosteniéndolos en mis manos; a simple vista se veían pesados, y anhelé comprobarlo. Ella notó lo que miraba, porque un estremecimiento invadió todo su cuerpo, provocando que sus puntas se asomaran. El ceñido vestido terminaba justo debajo de la rodilla, y mi mirada vagabundeaba por sus piernas arriba y abajo y también por sus caderas. Todo el oxígeno, entonces, pareció desaparecer del lugar; el aire estaba cargado de tensión mientras nos sosteníamos la mirada. No podía negar que era una mujer con todas sus partes demasiado bien puestas y que, si no fuese quien era, ya estaría planeando las diferentes formas en que me enterraría en ella.

Tomando conciencia de lo absurda que era la situación, le dije, para hacerla cabrear más y alejar mis desatinados pensamientos:

—Veo que en Troubleʼs ahora dejan entrar a cualquiera. —Acompañé mis palabras con un movimiento despectivo de una mano.

—Lo mismo digo.

—¡Ja!, como si fueras asidua del local.

—Aunque te creas el dueño de Manhattan, te diré que venía a menudo cuando estaba abierto Gilt —me retrucó—, pero dejé de frecuentar estos sitios hace un tiempo, precisamente por la gente que es como tú. De todas formas, ahora comprendo que la idea de mis amigas de venir aquí no era tan buena.

—Creo que puedo decir exactamente lo mismo.

«¡Cómo es que nunca la había visto en Gilt? A decir verdad, en esos días no me preocupaba por mirar, las mujeres se me acercaban, simplemente», reflexioné en silencio.

Ambos nos separamos y nos sentamos uno a cada extremo de la barra, ignorándonos.

Mis amigos ya habían conectado con sus amigas y cada uno estaba lanzando strikes a diestra y siniestra. Entonces me di cuenta de que, para ellos, nada había cambiado; sin embargo, para mí había cambiado todo, pues ya no era el mismo, pero... ¿quién era ahora? Y lo que resultaba aún más difícil de responder: ¿qué era lo que quería en mi vida?

Nicole

Aún no podía creer que me hubiese encontrado allí con él; definitivamente no debí hacerle caso a Poppy cuando me llamó esa tarde, y mucho menos dejarme convencer por Chiara y Josephine para ir a esa parte de la ciudad.

No sé en qué diantres estaba pensando cuando acepté. Hacía tiempo que había dejado de frecuentar los sitios a los que asistía la elite de Manhattan, exactamente... hacía un año que había decidido que mi vida empezaría a ser auténtica y alejada de esos lugares a donde sólo acudían personas superficiales; había visto demasiados horrores en el mundo como para tolerar la mezquindad en la que esa gente vivía.

Yo no pertenecía a ese mundo ni quería pertenecer a él; había tomado demasiadas malas decisiones en mi vida como para seguir equivocándome. Sabía que allí, en esa zona de la ciudad, aparte de la inquebrantable amistad de mis entrañables amigas, que estaba segura de que siempre conservaría, nada auténtico podría encontrar, salvo la incondicionalidad de Steve. Pero también era cierto que ellas, por mí, habían ido a lugares que jamás hubieran pisado, así que, si quería un motivo de por qué en ese instante estaba en ese local, era ése; necesitaba dejar de ser tan egoísta y debía permitir que ellas se sintieran cómodas un viernes por la noche, en un lugar que les gustara de verdad.

Sacándome de mis cavilaciones, Poppy, Chiara y Joss se me acercaron para intentar convencerme de que ocupara un sitio junto a ellas y sus nuevos amigos, incluso vi por el rabillo del ojo cómo éstos también intentaban convencer al mentiroso magnate del petróleo, pero, aunque quería hacer el esfuerzo por ellas, me resultaba imposible aceptarlo.

—Lo siento, creo que no ha sido una buena idea venir a esta parte de la ciudad; creía que, después de tanto tiempo, esto habría cambiado algo, pero ahora me doy cuenta de que no es así; divertíos sin mí.

—Todo iba bien, ¿qué ha pasado? —chilló Chiara.

—Conozco al tipo que se me ha acercado, y es la clase de persona que me recuerda por qué me mudé a Brooklyn.

—¿Lo conoces? ¿De dónde? —me preguntó Joss, extrañada.

—No importa de dónde. Sé que me he vuelto aburrida, así que... os agradezco que aún me sigáis hablando.

—¿Qué pasa, Nic? Somos tus amigas, ¿cómo piensas que vamos a dejar de hablarte? Lo que ocurre es que creemos que sería bueno para ti que enterrases el pasado y dejaras de escapar. Lo hemos hablado muchas veces, él no puede exiliarte a Brooklyn.

—Esto no tiene nada que ver con él.

Mis amigas creían que yo aún sufría por Steve; ésa era una verdad que me pesaba, pero jamás lo delataría; no, hasta que él se decidiera a hablar.

«Esto tiene que ver con Andrea Bandini; quiero que él pague por todo y, si en mi camino se cruza su familia, lo lamento, pero será un efecto colateral en mi venganza.» Guardé mis pensamientos, tal vez porque no me enorgullecía de ellos.

—Vamos, Nic, si acabamos de llegar... divirtámonos. —Chiara y Joss intentaron tirar de mí para que fuera con ellas.

—Dejadla —pidió Poppy—; tiene un cabreo de puta madre, se nota en su cara.

Mis amigas y los amigos de él se sentaron, contentos, en una mesa. Yo entregué mi tarjeta y pagué mi consumición; quería marcharme. Miré hacia donde antes había estado sentado Luka Bandini, pero ya no estaba a la vista; al parecer, después de coger una llamada, también se había ido.

Para nadie era una novedad que Nueva York era una de las metrópolis más congestionadas y populares de Estados Unidos, siempre caótica, siempre en movimiento, y, aunque todo se tranquilizaba un poco por las noches, era viernes y los bares y pubs estaban a reventar de gente. Los habitantes, al salir de la oficina, iban en busca de una copa que compartir y así dejar atrás otra agobiante semana laboral. Por tal motivo, el tráfico se tornaba difícil en la ciudad, dificultando el desplazamiento de la gran cantidad de personas que, a diario, y en todo momento, la transitaban; en el centro de Manhattan siempre reinaba el caos. Hacía unos cuantos minutos que estaba en la calle y parecía increíble que, habiendo en la ciudad tantos yellow cabs, como normalmente se llama a los taxis en aquel vanguardista lugar, ninguno pasara por el Palace, o al menos ninguno estuviera libre; todos iban con el letrero apagado o bien con la señal de of duty, fuera de servicio, encendida. El frío me estaba helando los huesos, así que cerré mi abrigo por el cuello y busqué mi móvil para mirar la hora. En el momento en el que levanté la cabeza, vi que un taxi se acercaba; sin embargo, un hombre pretendía quitármelo.

—¡Oye!, yo estaba antes; hace mucho que espero uno.

—Lo siento, necesito el taxi, es una emergencia —me explicó atropelladamente.