2do. Adelanto de Hueles a peligro Vol.II


Ella advirtió por la forma en que él la miraba, que un huracán de rabia se gestaba en su interior y los recuerdos cayeron como un vórtice de sentimientos equívocos sobre ella.

Su figura apuesta, resaltada por la evidente elegancia y el magnífico corte de su ropa, la obnubilaron como la primera vez que lo había visto, sin embargo, en un recóndito lugar de su mente, tan recóndito que apenas si se enteró, sintió que no podía ceder a esa indomable atracción.

—Adriel, te presento a mis padres —le manifestó Christopher ajeno a las mentiras que allí estaban gestándose—. Mi madre Maisha y mi padre Abott.

—Un gusto verlos, —contestó sin fuerzas para negarlos, pero sin revelar que los conocía— espero que se sientan muy cómodos, les he hecho preparar las habitaciones de la casa de huéspedes para que no tengan que estar subiendo las escaleras. —Les informó mientras se acercaba a saludarlos, y ambos ancianos contribuyeron con la representación decretada por Adriel.

Maisha le acarició el carrillo y la miró con aflicción, también con complicidad, mientras que la saludaba con grandes halagos resaltando su belleza, Abott, por su parte le apretó el brazo, infundiéndole con ese gesto la fuerza que ella había perdido al descubrir que, Damien, era el hijo de la pareja de su madre. Ambos ancianos comprendieron que esa mujer estaba muy dañada, su mirada que antes irradiaba luz, estaba extinguida, obscurecida, Adriel no era la misma de cuando ellos la habían conocido y sabían que el culpable era su nieto.

—Gracias tesoro, eres muy considerada. —concluyó Maisha.

—Te agradezco, mi artrosis y la escalera no se llevan bien. —acotó el anciano.

—Ha sido un gusto preparar todo para recibirlos, me alegro haber tenido ese buen tino. Pero ahora comamos de estas exquisiteces que preparó Sofia, no quiero volver a desmayarme, mi madre tiene razón hoy con toda la emoción de su regreso no he comido lo suficiente en el desayuno.

Adriel se acomodó junto a su madre y se obligó a comer, su mirada se centraba en cualquier lado menos en él; Damien, en cambio, no le quitaba el ojo de encima, hasta que no se aguantó más y le dijo:

—Por lo visto has olvidado que nos conocemos.

Adriel levantó lentamente la vista y lo miró con una seriedad profunda que lo traspasaba.

—¿Cómo? ¿Se conocen? —preguntó Hilarie sin disimular su extrañeza.

—Tú me atendiste en el Presbyterian. —dijo él provocándola.

—Lo siento, como comprenderás atiendo a tanta gente a diario, que sí tendría que recordar todos los rostros que pasan por la sala de emergencias, mi mente sería una muy privilegiada, sin duda.

—Llegué con Richard, el amigo de tu mejor amiga, un golpe en la cabeza jugando fútbol americano —indicó esbozando una sonrisa traviesa.

—Ah, ¿eras tú? lo siento, Damien, no te reconocí.

—Pero qué casualidad, es de no creer, —acotó Christopher— casi me he muerto del susto con ese accidente, y encima no conseguía vuelo para regresar de España, yo no te vi ese día Adriel, pues, te habría reconocido sin dudas por las tantas fotografías que tu madre me ha mostrado de ti.

—Llegaste cuando el turno de Adriel había concluido papá. —Explicó Damien.

—Qué pena hija, sin duda de haber sabido que tú estabas con Damien, Topher habría estado mucho más tranquilo.

—Sin dudas.

—Ahora creo recordar, un golpe muy fuerte pero sin consecuencias, —afirmó Adriel.

—Al parecer los dos tenemos la cabeza bastante dura, —ella comprendió de inmediato el doble sentido de sus palabras— tu golpe de recién no ha sido nada leve tampoco.

—Pero esto realmente es increíble, —aseguró Maisha esbozando una sonrisa nerviosa.

Hilarie los interrogó un poco más, pero Adriel se mostró desinteresada en el tema, y con astucia cambio el rumbo de la conversación.

El almuerzo transcurrió en un clima tirante, pero Christopher y Hilarie parecían no darse cuenta, estaban tan sumidos en su mundo que pasaban todo por alto.

Luego de tomar café en la sala, Hilarie manifestó sentirse cansada.

—Creo que el síndrome de los husos horarios está comenzando a pesarme, me parece que tomaré una siesta.

—Te acompaño. —se ofreció Christopher y desaparecieron del living.

—Maisha, yo también quiero recostarme un rato —pronunció Abott.

—Te acompaño querido, iré a descansar también y a leer un libro que me he traído.

—Los llevo hasta la casa de huéspedes, —se ofreció Adriel— déjenme mostrarles el camino.

Lo que ella en verdad quería era no quedarse con Damien a solas, esperaba que al regresar pudiera eludirlo regresando por el frente de la casa, tenía pensado de esa forma acceder a la escalera para escurrirse hacia su dormitorio.

—Gracias por guardar silencio, Christopher y mamá están tan felices que no me pareció bien opacarles el día.

—Lo comprendimos, pero las mentiras tienen patas cortas y, siempre se hacen paso, y a veces no de la mejor manera.

—Lo sé, Maisha.

—Qué pena que ya no me llames babushka.

Adriel cambió de tema esquivando la acotación de Maisha.

—Abott, ¿cómo llevas tu artrosis? ¿Has vuelto a la consulta?

—Ando un poco mejor, creo que éste nuevo tratamiento me está haciendo bastante bien, pero ya ves, marcho pausado y cada vez más viejo.

Adriel caminaba junto a ellos aferrada por los brazos de ambos, les dio un beso a cada uno en el carrillo, pues les había tomado mucho aprecio.

—Poco a poco, seguramente irás viendo los resultados.

Abott entró en la casita, y Maisha se quedó con ella en el pórtico.

—¿Qué ocurrió Adriel? Parecía tan sólida la relación de ustedes.

—No quiero hablar de eso, sólo te diré que no quedamos en buenos términos. No quiero ponerme mal, te lo suplico.

—Eso quiere decir entonces, que aún no lo olvidas.

—Eso quiere decir que, estoy dolida, desencantada, y convencida de que tu nieto ha sido el mayor error de mi vida.

—¿Qué te hizo? ¿En verdad no hay solución para lo que ocurrió?

—Simplemente nos hemos dado cuenta que lo nuestro no podía prosperar, que ambos estábamos perdiendo el tiempo.

Aunque se estaba desdiciendo de sus iniciales palabras, Adriel, prefirió suavizar la situación, sabía cuánto amaba esa anciana a su nieto y ella no iba a ser tan cruel, Maisha era una gran mujer y no quería angustiarla, además, prefería callar, la relación entre su madre y Christopher de pronto lo cambiaba todo.

—Sé que me estás mintiendo. Sólo te diré algo: estoy convencida de que Damien te ama, lo sé, aunque no lo he parido lo conozco como si yo fuera su madre, sí tú lo amas, lucha por él, te aseguro que aunque ahora no lo entiendas todo tiene una explicación.

La joven a ese punto sonrió con sorna.

—Maisha, no insultes mi inteligencia, sé que no sabes, pero te diré que él se encargó de romper cada una de mis ilusiones, —le dijo sin poder sopesar la bronca— no me hagas decir cosas que no quiero. Por mamá y Christopher haré el esfuerzo de soportarlo éste fin de semana y sellaré mis labios, para no desencadenar un quiebre en esta fusión de familias, pero te aseguro que lo que él hizo, mamá, jamás lo aprobaría.

—¿Tan grave es lo que hizo?

—Creo que Damien no tiene corazón.

Maisha se tocó el pecho y contuvo la respiración.

—Al menos conmigo no lo ha tenido.

—Te pido perdón en su nombre.

—Tú, no tienes que pedirme perdón, y el de él, te aseguro que no me interesa, no quiero nada que venga de Damien. Y ahora por favor no quiero seguir hablando, no insistas porque no voy a decirte lo que ocurrió.

—¿Se trata de otra mujer?

A Adriel se le escapó una lágrima.

—Por mamá y por tu hijo, te pido no seguir con esto.

«Dios, como se ha complicado todo, sé que mamá por mí dejaría de lado su felicidad, no debe enterarse de nada.»

La joven no creía que podría seguir teniendo fuerzas para no escupirle todo lo que Damien le había hecho, así que prefirió irse, se despidió con apremio y salió corriendo.


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