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HUELES A PELIGRO (lee en exclusiva un fragmento de mi nueva novela) Lanzamiento 29.11.16


Hueles a peligro

Fabiana Peralta

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).

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47.

Diseño de la cubierta: Zafiro Ediciones / Área Editorial Grupo Planeta

© de la imagen de la cubierta: © Konstanttin / Shutterstock

© fotografía de la autora: archivo de la autora

© Fabiana Peralta, 2016

© Editorial Planeta, S. A., 2016

Av. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)

www.edicioneszafiro.com

www.planetadelibros.com

Los personajes, eventos y sucesos presentados en esta obra son ficticios. Cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.

Primera edición: noviembre de 2016

ISBN: 978-84-08-16281-0

Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L. / www.victorigual.com

Volens, est quod supponatur habere non possis.

Volens quamvis omne et omnes, quia cor est capricious et non intelligit rationes.

Querer lo que se supone que no puedes tener.

Quererlo a pesar de todo y de todos, porque el corazón es antojadizo y no entiende de razones.

Fabiana Peralta

1

Adriel Alcázar, médica de Urgencias de uno de los hospitales más reconocidos de Nueva York, jamás faltaba a su palabra; no obstante, ese día estaba más que tentada de hacerlo.

Eran pasadas las seis de la tarde y por fin había terminado su turno en el trabajo; su cuerpo demandaba a gritos descanso, porque realmente había sido una semana muy intensa, con guardias que parecían inacabables y días eternos en los que no paraban de presentarse urgencias; pero, a pesar de desear infinitamente llegar a su casa, derrumbarse en su cama y sólo dormir y dormir, sabía que, de momento, eso no era posible.

Caminaba con desgana y bastante malhumorada; tenía claro que no podía eludir el compromiso que su mejor amiga le había impuesto. No le apetecía asistir a esa fiesta, pero Amber le había hecho prometer que la acompañaría. Su amiga, de profesión abogada, se encontraba en una etapa de entusiasmo evidente con su nueva conquista, y estaba empeñada en que conociera a quien por esos días le quitaba el sueño y la tenía como abeja revoloteando en torno al panal. Hacía exactamente dos semanas que la joven, de forma insistente, se encargaba de recordárselo a diario; la última vez había sido ese mediodía, a través de una llamada telefónica durante la hora del almuerzo, por si acaso se le ocurría echarse atrás.

Adriel marcó su salida en la ficha de empleada y se dispuso a alzar el vuelo.

—Adiós, Margaret, nos vemos el lunes —se despidió de la joven recepcionista del hospital, mientras buscaba en su bolso las llaves del coche.

—Trate de descansar; el lunes no la quiero ver con esas ojeras que deslucen el aguamarina ahumado de sus cristalinos ojos.

—¿Tan mal me veo?

—Ay, doctora, es que su piel es tan blanca y transparente, que se nota a simple vista que necesita dormir al menos ocho horas seguidas.

—Te prometo que lo haré, pero tutéame, Marge, por favor; te lo he pedido muchas veces ya.

Le contestó mientras se estiraba sobre el mostrador, al tiempo que le daba un beso en la mejilla a la chica afroamericana, que llevaba sus carnosos labios pintados con brillo y su renegrido pelo, alisado y cortado en capas al estilo Edgy.[1]

—El lunes le traeré un trozo de ese pastel de arándanos que tanto le gusta.

—Humm, estaré deseando que sea lunes, entonces; pero, si no dejas de tratarme de usted, te prometo que ni lo probaré.

—Está bien, Adriel, prometo que lo intentaré.

—Que tengas un buen fin de semana, Margaret; disfruta de la familia, saludos a tu pequeño y a tu esposo.

Cruzó la puerta de salida y dejó atrás el bullicio de la sala de espera del Presbyterian Lower Manhattan, desembarazándose por completo de todo cuanto allí acontecía; necesitaba imperiosamente hallar un poco de paz. Margaret tenía razón, estaba agotada.

El hospital estaba ubicado en un punto estratégico de la ciudad, cercano al ayuntamiento; exactamente en el 170 de la calle William, a pocos metros del puente de Brooklyn.

Ese día, en particular, había sido uno de los más ajetreados, cosa que no se diferenciaba demasiado de otros, ya que el hospital era receptor del 911[2] y centro de traumas. Mientras caminaba atravesando la entrada, se contentaba con el hecho de saber que le esperaban dos días de descanso; sólo tenía que asistir esa noche, en compañía de su amiga, a esa fiesta, y luego le quedaría el fin de semana entero para descansar, cosa que no era muy frecuente.

Por lo general, el característico olor a hospital no la incomodaba, porque formaba parte de su vida diaria, y era así desde que tenía uso de razón; pero ese día, nada más salir a la calle, anheló colmar sus pulmones de oxígeno y lo disfrutó. Era imperioso para ella dejar atrás el aroma a povidona y alcohol del que se sentía impregnada, aunque, por supuesto, le resultó imposible, porque ese olor formaba parte de sí misma.

Tras el encierro de las últimas horas en la guardia del hospital, entornó los ojos, que le escocían, y se sintió visiblemente cegada al salir a la luz del día. Se colocó unas gafas oscuras para protegerse del sol y detuvo su marcha, parándose con los pies juntos, mientras echaba la cabeza hacia atrás para poder apreciar el cielo de Nueva York; éste lucía despejado, así que todo hacía pensar que sería una magnífica noche estival.

Retomando su camino, se dirigió hasta donde había quedado aparcado su coche. El calor del verano en los primeros días de julio se empezaba a sentir; ese día en concreto era muy húmedo y, en consecuencia, sofocante.

Llevaba a cuestas una pesada mochila atestada con ropa que había sacado de su casillero del hospital, porque éste estaba realmente atiborrado de sus pertenencias; simplemente, al abrirlo y mirar dentro, se había dado cuenta de que era imperioso poner orden en él.

Abrió su Bentley Continental GT Speed, gris antracita, un regalo de graduación que le había hecho su madre cinco años atrás, cuando había conseguido su título de Medicina. Aunque el automóvil ya tenía algunos años, pues era de segunda mano, y últimamente su progenitora insistía en que debía renovarlo, pero ella se negaba a hacerlo. Adriel estaba encariñada con él y no consideraba necesario cambiarlo. Lo cierto era que a la doctora Alcázar siempre le costaba mucho aceptar los presentes de su madre, como cuando le compró el piso donde ahora vivía en el barrio de TriBeCa. En aquella ocasión, Hilarie lo había hecho para facilitarle las cosas, proporcionándole una vivienda más próxima al lugar de sus estudios, en la Universidad de Nueva York, NYU; sin embargo, lograr que Adriel aceptara le había costado semanas de infructuosa persistencia, ya que, pese a su insistencia, no parecía haber manera de hacerla cambiar de opinión; por tal motivo, al no poder doblegar la terquedad y el orgullo de su hija, finalmente Hilarie lo había adquirido sin su aprobación y a ella no le había quedado más remedio que quedárselo y mudarse a él. Por supuesto, su oposición le había salido cara, ya que su madre había terminado comprando una propiedad mucho más costosa de la que ella hubiera elegido.

La madre de la doctora Alcázar también era médica, pero, a diferencia de ella, que siempre había soñado con serlo de Urgencias, Hilarie Dampsey era una eminencia en cirugía vascular, reconocida a nivel mundial.

La doctora echó la mochila en el asiento de atrás, dejó su bolso en el del acompañante y, a continuación, se montó en el Bentley con la intención de marcharse hacia su casa lo antes posible.

Se había hecho la hora de salir, y realmente le había costado mucho escoger qué ropa ponerse; hacía tanto que no salía de fiesta que, al buscar algo acorde con el sitio al que iba, se dio cuenta de que su vestuario se veía bastante pasado de moda, y que, por el contrario, estaba atestado de uniformes médicos.

—Hola, Adriel, ¿estás lista? Paso a recogerte en quince minutos.

—Sí, Amber, hace media hora que estoy preparada, esperándote. Se suponía que vendrías a por mí a las diez; son las diez y media y me dices que llegas en quince minutos. Odio la impuntualidad y, encima de que no tenía ningunas ganas de acudir a esta fiesta y lo hago por ti, me haces esperarte eternamente.

—Adriel, ¿eres tú?, porque a veces tengo la impresión de estar hablando con mi madre en vez de contigo... Creo que ni siquiera ella está tan amargada como tú —le dijo con sarcasmo—. Ese trabajo tuyo cada día te agria más el carácter. Abandona esa sala de Urgencias, por favor, porque la gente que acude ahí te está desquiciando.

—Deja de decir estupideces, cuelga el teléfono y ven de una vez por todas.

—Eres insufrible, amiga. Si no fuera porque te adoro, ya te habría dejado de hablar. Sigue mis consejos, así nunca conseguirás pretendiente, los espantas con ese humor tuyo.

—¿Y quién te ha dicho que ando en busca de un pretendiente?

—Pues déjame decirte que al menos, ya que no buscas novio, te busques a alguien que te folle, nena, porque de verdad creo que eso calmaría considerablemente tus nervios. ¿Cuánto hace que no te acuestas con alguien, mi vida?

—Ven a buscarme de una puñetera vez, o te prometo que me quito la ropa y me meto en la cama.

—Ya estoy en el coche. Ni se te ocurra acostarte, porque te saco de los pelos.

—Entonces, date prisa.

Llegaron a la fiesta privada que se llevaba a cabo en The Press Lounge, un elegante bar ubicado en la planta dieciséis del hotel Ink48, en el barrio Midtown, en Nueva York. Amber

Kipling facilitó apresuradamente los nombres de ambas a quien estaba a cargo de comprobar las invitaciones y, tras verificar que figuraban en la exclusiva lista, aquel hombre las dejó pasar al selecto establecimiento; atravesaron el vestíbulo y se montaron rápidamente en uno de los ascensores que las trasladó hasta la terraza, donde se festejaba el cumpleaños del prestigioso abogado Richard MacQuoid.

—¿Te parece que estoy bien con este vestido?, ¿no es muy antiguo?

—Adriel, no sé cómo lo logras, pero hasta con el mono de cirugía te ves increíble.

—Mentirosa. Acepto que este vestido es lo más moderno que he encontrado en mi vestidor, pero en verdad no quiero que pases vergüenza por mi culpa.

—Pero ¿qué dices?, Adriel, si estás preciosa —le respondió con honestidad.

—Tú estás deslumbrante, siempre eres un icono de la moda. Yo, en cambio, no sé ni cómo he conseguido dar con esta prenda en mi armario. Que conste que he venido sólo por ti, estoy casi sin dormir.

—Gracias, cariño, eres la mejor. Me hace muy feliz saber que siempre puedo contar contigo.

Llegaron a la azotea. En el espacio exterior había no menos de cien personas que pululaban por el exclusivo bar. La protagonista del lugar era una piscina iluminada en tonalidades azules, y todos los invitados se concentraban en torno a ella, al tiempo que conversaban y bebían. Nada más entrar, el cumpleañero, que se encontraba hablando muy distendido con un grupo de amigos, se apartó y salió de inmediato a su encuentro para darles la bienvenida.

—Richard, esto es muy top, me encanta —le hizo saber Amber, entusiasmada, mientras saludaba al homenajeado con un toque de labios y le deseaba felicidades. Ellos, por esos días, mantenían algo así como un acercamiento que no parecía realmente muy importante.

—Creí que no vendrías, mira la hora que es.

—¿Y perderme tu fiesta? ¿Cómo se te ocurre? Lo que pasa es que odio llegar cuando todavía no hay nadie.

Richard la cogió de una mano y la hizo girar sobre sí misma; le apetecía admirar la belleza de la mujer de piel color b